(Percance aéreo el 15 de agosto del 2005, al regresar de Venezuela la delegación Centroamericana, de participar del 16 Festival de la Juventud y Los Estudiantes, realizado en Caracas… Fue mi primer escrito sobre el caso, desde el lugar de los hechos…)

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TESTIMONIOS DESDE EL AIRE
El periodista Paúl Suárez, de la cadena de televisión local CDNN, que viajaba a bordo del avión, confirmó a través de una comunicación telefónica, que el capitán de la aeronave había informado a los pasajeros “sobre pequeños problemas”.
Suárez aseguró que en el avión se vivía una tensa calma entre los pasajeros y dijo que también les habían comunicado que se desviarían a El Salvador, en busca de “mejores condiciones” para realizar un aterrizaje de emergencia.
La mayoría de los pasajeros del avión son estudiantes centroamericanos, entre nicaragüenses, ticos, hondureños y salvadoreños, que participaron en el Festival de la Juventud que recién concluyó en Venezuela. (Un diario local)
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¡Preparados para el Impacto!

Anunciado el aterrizaje en el aeropuerto internacional Augusto César Sandino de Managua y la orden de ajustarse los cinturones, la previsión cambió, una aparente explosión al bajar el tren de aterrizaje, hizo vibrar la nave de la línea aérea Santa Bárbara, de bandera venezolana, avistándose, según quienes venía en la parte posterior del avión, que emanó humo y chorros de aceites de la turbina derecha del enorme bólido, desprendiéndose además varias láminas del recubrimiento interno superior de la nave, cayendo estas partes encima de varios pasajeros.

Inundó el temor, reinó el silencio, pálidas caras acompañadas de dormidos pasajeros que no percataron de este primer suceso. Inmediatamente la nave alzó vuelo, rodeó Managua por varias veces, y realizó en más de dos ocasiones demostraciones ante la torre de control del aeropuerto de Managua, para que divisaran si no había desprendimientos en el fuselaje de la nave.

La cosa se puso más seria cuando los pilotos corrieron a mirar desde las mismas ventanillas de la nave -qué pasaba en la turbina- y a retirar los desperdicios caídos. La nave se alejó de Managua, hoy sabemos -dándose por perdida-. No lográbamos conocer las decisiones de cabina. Sospechamos lo ocurrido, iniciar vuelo a El Salvador dadas las condiciones de la terminal, iniciando el derrame de los combustibles para evitar la tragedia supusiera una explosión.

Más evidente la situación fue cuando las azafatas corrieron dentro de la parte anterior de la nave, en primera clase, vacía por cierto, para sacar la utilería de aterrizajes forzosos. Vi de largo llorar a una de las aeromozas, correr por linternas, sacar sus equipos de evacuación de la nave.

Por curiosidad periodística más que por el mismo miedo, decisión personal fue llamar al Canal 23 para anunciar el peligro sobre ciernes, antes del mismo inicio del vuelo con destino al Pulgarcito de América. La señal telefónica rápido desapareció, algunos de los pasajeros habían hecho llamadas a familiares anunciando el peligro.
Durante varios minutos de los que ya es difícil precisar horas, la nave tomó altura, viajó bajo tormenta, pues llovía en la ruta.

Más tensión, la tripulación corrió desde todos los costados de la nave hacia el piloto, momentos de tensión, silencio, sepulcro en mentes. A lo largo avistamos personal de la nave que corrió a sus puestos mientras lloraban algunas de las jóvenes que antes nos habían brindado el refrigerio de dos horas y 45 minutos de vuelo.

El tétrico anuncio, tratando de acercarme a lo más literal, el aviso por el audio decía: “el piloto de la nave les anuncia que tenemos problemas en la nave para el aterrizaje, deben prestar atención de la tripulación de vuelo para prepararse a un aterrizaje de emergencia”. Inmediatamente iniciaron las explicaciones que los consuetudinarios viajantes no miran, no atienden. Deben ajustarse el cinturón, aseguren que esté bien fijo, deben estar listos para despegarlo cuando se de el aterrizaje, deben quitarse los zapatos y ponerlos tras los asientos. Rápidamente una coreografía de bellas venezolanas iniciaron a explicar cómo debíamos asirnos a los asientos tomados de las piernas y la silla. Cómo levantar los brazos y otras medidas tan rápidas que no recuerdo, pero que parecían decirnos cómo tratar de salvarnos ante una tragedia.

Rápidamente se colocaron sillas en posición vertical, maletas a los maleteros, miradas a las cóncavas y convexas cavidades de los ojos y de las mentes que en silencio, aseguraban pasajeros orando, rezando, pidiendo a Dios y pidiendo perdón. Una nube celestial por las mentes.

De nuevo, el piloto. Lo que nadie deseaba !en veinte minutos estaremos realizando aterrizaje de impacto! Prepararse. Tripulación a sus puestos. Silencio total, manos asidas a Dios, a las sillas, miradas al vacío.

Llegó lo que nadie esperaba, !Preparados para el impacto! 
Grito repetido como camerata por todo le personal de vuelo 
!preparados para el impacto! 
!preparados para el impacto! 
!preparados para el impacto! 
!preparados para el impacto! 
Sin cesar, todos agarrados, todos esperando lo peor, lo peor, lo peor.
Lo peor no llegó. Aplausos, consignas revolucionarias, camisetas de Bolívar, el Che, Sandino, del Festival, y un padre nuestro que estás en los cielos…, inundaron la cabina. Un momento que nos prepararon para el impacto más hermoso, no haber perdido la vida.

No tardó del silencio salir la jocosidad güegüense, la broma de no morimos, el tren de aterrizaje y la maniobra del piloto habían salvado a la delegación de Centroamérica al Festival. Ahora queda determinar si aquel anuncio del sargento de Ciudad Miranda en Venezuela, era cierto. Los enemigos de los revolucionarios preparaban un atentado terrorista a la salida de Caracas. Pero accidente o atentado, aseguran los jóvenes delegados al Festival Mundial, que están preparados para el Impacto Bolivariano.

*Periodista

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