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Paul Emigdio Suárez García
“Sobras de PES”

(Ensayo)

Una esquina de aposento,
Llena de telarañas tejidas unas sobre otras, acicaladas de polvillo de muchas lunas y restos de gastronómicos manjares pasados por arácnidos reproducidos y devorados,

El techo que cuelga como sábanas en teatro, su derruido raso, cielo perplejo que sublimó humeantes candelas de cebo y parafinas inodoras y cargadas de hollín mustio,

Ventanales con vidrios hechos roca, rayados y desgastados de tanta lana que los acarició limpiándolos, vez tras vez, cuando se vieron empañados y sucios por las húmedas lluvias o ventiscas polvosas,

Un reloj del que su tic tac suena más que los grillos en plena jungla, porque su péndulo pesado y sarroso ya roza el cascajo que aún le queda asido a sus desgastadas manecillas que giran gracias al devastado imán que todavía repele a su contrario,

La luz que alumbra tenue por un bombillo antiguo y perdurable que no ha fundido al volverse amarillento como los candiles que negó en su existencia con su entonces aparición bulliciosa,

Paredes ya casi inhabitables, que botan poco a poco, cada viento que entra por las rendijas, sus encalados repellos que enmohecidos ceden haciendo costras en los bordes y rincones del piso gastado de tanta andanza de calzados de cuero de vacas, las que aún cuelgan en cachos y pieles curtidas que adornan espacios, de las húmedas y adobadas paredes de taquezal del buen barro,

Recuerdan vetustos, cuando los aposentos eran el centro de los caserones fríos y silenciosos, debido a las composturas exigidas, y los ritos reproductivos y energizantes con que fueron diseñados para mantener el rito y las generaciones,

Silencios de aquel túmulo, que respetados y violados sólo por los perros cuidanderos de los patios enrejados contra intrusos, esos que no respetaban los viejos portales de madera robada al bosque y que ya crujen al mecerse por culpa de sus ensarradas bisagras de metal oxidado, curadas infinidad de veces con mantecas de puercos buscando el desliz anti crujidos, que sumaban al resonar con que se violentaba el sepulcral silencio del aposento,

Cada esquina del frío guarda lecho, marca las sombras de los aplastados insectos asquerosos que poblaron por años y fueron objetos de la furia de chancletas devastadas en rastrojos de patios y baños, inundados de basura orgánica y heces de animales domésticos y corraleros, estos últimos que pasaron por los guisados a leña polillosa que alimentaba a los durmientes de los aposentos hoy endebles por el paso del tiempo,

Los roperos negros de fina textura cargados de naftalina y obras de costura impedidas al ropavejero, compiten con sus orificios de entre madera y tela, nacidos de los banquetes de parásitos, insectos y rastreros que adornaron por siempre el sarcófago de vestuarios apilados por la costumbre de guardar para las herencias generacionales y los fatídicos momentos de fúnebres lamentos,

En las paredes humedecidas y enmohecidas por cientos de temporales a lo largo del tiempo, aguardan colgajos de cuadros con fotos de bisabuelos y abuelos y niños con vestir de antaño, bonitos o ridículos como las costumbres de trenzas, ensortijados y copetes en pelos de hijas e hijos que no tenían mayores opciones ni derechos, perdidos por la tradición inquisidora,

El espejo de buen cristal por suerte aguantó y paciente, cientos de veces los rostros despintados y repintados que hicieron muecas y gestos vagos, idos y difusos en perdiciones de mentes, o simples conversatorios callados y sombríos que intercalaban preguntas sin respuestas, lamentos y mimos alegres, tristes o dramáticos, según la época, la tragedia o la comedia, en fin, espejo que fue baúl de encuentros y perdiciones de aposento frío y violento.

Y así pasó el tiempo, en que se fue midiendo por día y con aspaviento, la distancia repetida entre noche y día, días y noches, que sumaron horas, que contaron minutos, que no perdonaron segundos, para derruir dentro del aposento, sus artefactos, sus cimientos y sus seres viviendo, para dar paso con la Rueca del Tiempo, a la nueva vida que niega, a la que está desapareciendo, por el nuevo tiempo que está naciendo, que niega la vida, que niega el tiempo, en una evolución que desconocemos si es final o apenas está naciendo, como el tiempo que no tiene tiempo.

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